Todavía me pregunto dónde está mi padre

Alejandra Rodríguez es la hija de Carlos Augusto Rodríguez, desaparecido de la toma y retoma del Palacio de Justicia. Es vocera de las familias de los desaparecidos y recientemente obtuvo su título de abogada para defender a quienes hayan vivido situaciones similares.

 

“Aceptar que sometieron a tortura a un persona que uno quiere es algo muy, muy difícil”, dice Alejandra Rodríguez, pausadamente como pensando en voz alta. Se refiere lo que sucedió hace treinta años con su padre, Carlos Augusto Rodríguez Vera, el entonces administrador de la cafetería del Palacio de Justicia.

El 7 de noviembre, un día después de que el grupo guerrillero M-19 se tomó el Palacio, Carlos Augusto salió con vida del edificio, rodeado por militares y fue llevado a la Casa del Florero. Según el testimonio que escribió el ex-policía Ricardo Gámez a la Procuraduría en 1989, el entonces coronel Alfonso Plazas Vega, basado en la hipótesis de que se había escondido armas en la cafetería, dio la orden de que lo trasladaran a una guarnición militar para que lo “trabajaran por cómplice”.

Cuando Alejandra era niña y preguntaba por su padre, le decían que había muerto, intentado mantenerla alejada del drama de la desaparición. Cuando tenía 12 años y fue a visitar a su abuelo, Enrique Rodríguez, él consideró que era hora de que su nieta conociera la verdad, así que la alzó y la sentó junto a él en su cama. Le contó todo lo sucedido basado en el testimonio que Gámez:

“El señor Rodríguez Vera fue sometido a torturas durante 4 días, sin suministrársele ningún alimento ni bebida. Fue colgado varias voces de los pulgares y golpeado violentamente en los testículos mientras colgaba; le introdujeron agujas en las uñas y luego le arrancaron las uñas. Él siempre manifestó que no sabía nada de nada ni entendía lo que estaba ocurriendo.”

Aunque hay muchos detalles que Alejandra no recuerda, probablemente porque olvidar es una forma de bloquear el dolor, las palabras de su abuelo ese día la marcaron para siempre.

Alejandra no tuvo necesidad de un psicólogo, pues su abuelo fue el apoyo más grande que tuvo, él siempre estuvo ahí para hablar con ella. Con su mamá, por el contrario, fue más difícil hablar del tema porque ella, en algún punto, quiso cerrar la puerta del Palacio de Justicia y no hablar más del tema.

En el colegio San Fason, Alejandra tuvo varios choques con el manejo de la verdad respecto a lo que había sucedido con su padre: “Cuando estábamos estudiando la historia de Colombia, me acuerdo mucho que en el libro de la materia, todas las historias eran de dos o tres páginas, y lo del Palacio de Justicia eran tres reglones ‘El 6 y 7 de noviembre, la guerrilla del M-19 se tomó el Palacio de Justicia’ y continuaba con Armero, otra vez tres páginas.” Además, cuando quiso hacer una exposición sobre la toma del Palacio, se lo negaron.

A pesar de las contradicciones que experimentó en el colegio, desde muy pequeña, Alejandra empezó a interesarse por el tema de los desaparecidos y los derechos humanos. Cuando tenía 15 años, fue la primera vez que participó directamente en la formulación de una denuncia, pues fue la mano derecha de su abuelo, quien la interpuso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el año 2000.

A los 17 años, en su último año de bachillerato, cuando se enteró de que había iniciado el juicio contra el coronel (r) Luis Alfonso Plazas Vega, fue emocionada a contarle a sus amigas. Ellas no entendieron la relevancia del tema. Alejandra recuerda que ese día la ignoraron y siguieron hablando sobre sus novios y fiestas del fin de semana.

Inicialmente optó por estudiar ingeniería electrónica, primero en la Universidad Javeriana y luego en los Andes. Desistió de ambas. Viajó a Estados Unidos, donde trabajó en un parque de diversiones con el programa Work & Travel. A su regreso, ingresó a la Universidad Jorge Tadeo Lozano a estudiar ingeniería industrial y tampoco le gustó. Ya un poco cansada de intentar tantas carreras y universidades, decidió que no volvería a estudiar y que se dedicaría a trabajar en una inmobiliaria, y así fue, por lo menos por un par de meses. Mientras trabajaba como asesora comercial, la llamaron para que asistiera a las reuniones de los familiares de los desaparecidos. En este punto no tenía claro qué hacer con su vida y tenía tiempo libre, así que aceptó la oferta.

Alejandra empezó a tomar cursos cortos sobre derechos humanos y vio en el Derecho la posibilidad de resolver situaciones complejas desde la legalidad. En el 2007 se presentó a la Universidad Nacional a estudiar Derecho. Hoy, con una sonrisa contagiosa, dice “Soy una orgullosa abogada de la Universidad Nacional.” Fue un proceso duro, el andar sin rumbo por varios años responde a la ausencia de su padre y a la falta de poder hablar sobre el tema. Aunque su relación con las leyes era inevitable, transcurrieron cinco años desde que se graduó del colegio hasta que se reencontró con el Derecho.

Con una visión más amplia en leyes, Alejandra afirma sentirse decepcionada por la línea difusa creada entre la política y el Derecho, y más cuando los responsables de los desaparecidos fueron personas consideradas héroes en el país. Sin embargo, personajes como la ex-fiscal Ángela María Buitrago y las juezas Luz Stela Jara y Cristina Trejo, quienes juzgaron y condenaron a militares por los desaparecidos del Palacio de Justica, le han devuelto la fe en la jurisprudencia y le han recordado que sí es posible fallar en Derecho.

Como cualquier profesional, Alejandra aún tiene inquietudes sobre qué es lo que va a hacer con el Derecho. Pero sabe con certeza que, independientemente de lo que decida, seguirá trabajando en el caso del Palacio de Justicia, e incluso le interesa apoyar organizaciones y personas que haya vivido casos similares. Esta convicción se basa en dos deberes: su deber como hija de un desaparecido pues dice que cuando deja de interceder por ellos, es como si estuviera siendo indiferente a su caso; y también en su papel como abogada, ya que siente el deber de acercar a las personas al Derecho y hacerles entender que es algo a lo que todos pueden tener acceso.

Alejandra todavía se pregunta dónde está su papá. Confiesa que “aceptar que sometieron a tortura a un persona que uno quiere es algo muy, muy difícil.” Continuamente hay una lucha interna en ella: su corazón le dice Carlos Augusto aún puede estar vivo, pero la razón, un poco más insensible, le recuerda que ya han pasado 30 años, y que el único lugar donde podrá encontrarlo será en su memoria.

Alejandra rodríguez sosteniendo la única foto que le tomaron con su padre

Alejandra Rodríguez sosteniendo la única foto que le tomaron con su padre

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