¿En Qué Fallé?

Es domingo, y yo me preparo para sacar a Karla, mi perra, como de costumbre.

Karla

Karla, nos vamos….

Es como si hubiera pronunciado la palabras mágicas, ella sale corriendo debajo de mi cama, lista para derrochar su energía acumulada.

Busco su collar azul e intento ponérselo, sin embargo, ella está tan emocionada saltando y moviendo la cola que me dificulta mi objetivo.

Una vez tiene la correa puesta, le pregunto: “y la pelota?” (Para ella, la pelota puede significar cualquier objeto que ella persigue, muerde y babea sin que yo la regañe; puede ser una pelota, un palo, un peluche e incluso, una botella de plástico).

Karla debe tener un muy buen olfato, o una memoria prodigiosa porque siempre encuentra su pelota en cuestión de segundos. Es una pelota de tenis, descolorida, babosa y seguramente llena de bacterias.

Cuando llegamos el parque, agarro la pelota y realizo y unos cuantos amagues para llamar su atención. Después lanzo la pelota con toda mi fuerza, que no es mucha, para que Karla la traiga.

Karla sale a correr con una rapidez impresionante. La atrapa en el aire sin mucho esfuerzo. Sin intenciones de volver, ella sigue corriendo como aquel preso que ha escapado de prisión. No hay tiempo de mirar atrás.

Es en esos momentos en los que yo me pregunto, ” ¿en qué fallé como padre?, en que fallé…”

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Pintado en mi mente

La puerta roja de vidrio, evaporada por lo que se conoce como calor humano, por fin se abre. Yo salgo expulsado de aquel vagón, que recibe más personas de lo que debería. Todas las tardes, de lunes a viernes uso el Transmilenio (TM), el “sistema más avanzado de transporte público en la ciudad”. Un TM articulado tiene capacidad de 160 personas sentadas y de pie. Nosotros, los bogotanos, hemos llevado la capacidad al límite introduciendo hasta  200 pasajeros en ellos. Muchas veces no es necesario alcanzar el pasamanos ya que la gente alrededor de uno lo sostiene  (no hay espacio ni siquiera para caerse). En el TM todos nos convertimos en sardinas enlatadas.

La  lluvia en Bogotá había cesado. Guardé mi sombrilla y emprendí mi caminata rutinaria por las calles de Salitre rumbo a casa. Intenté esquivar los charcos, pues mis tenis parecían esponjas que querían absorber y almacenar toda el agua de la ciudad. Mientras caminaba, había dos cosas que rondaban mi mente: la primera, mi novia, aunque la última vez que había estado con ella fue la semana pasada, no podía esperar para verla de nuevo, (ella siempre está en mi mente). La segunda, era el tenebroso parcial de fundamentos de matemáticas. Los parciales de esta materia tienen algo en particular, y es que no importa cuánto se estudie para ellos, los nervios siempre estarán allí. “Tengo que llegar a hacer ejercicios de funciones, repasar las relaciones de conjuntos y sus definiciones”, pensaba en voz alta. Cuando de repente, noté que unos ojos me estaban observando. Eran ojos marrones y expresivos, su portador era nada más y nada menos que un perro acostado enfrente de una portería residencial. Miré alrededor buscando a su dueño, no había nadie en la portería. Se me dificultó identificar su raza, aunque lo puede asemejar a un lobo, un lobo completamente oscuro. Lo único blanco eran sus dientes. Lo bauticé “Pintado”, ya que literalmente parecía que apenas hubiera nacido, lo hubieran remojado en un balde de pintura negra y permanente.

Pintado no tenía dueño ni collar, sin embargo no era de la calle. Su pelaje se veía bien cuidado, aunque mojado por la reciente lluvia. Se veía alimentado y nutrido. No podía ser un perro callejero. Me le acerqué y le pregunté por su familia, Pintado sólo me observaba. Su familia estaba perdida, o más bien, él se había extraviado. Estaba sólo, desorientado y seguramente desesperanzado. No supe cómo ayudarlo, así que después de una intensa conversación con nuestros ojos, continúe mi rumbo a casa.

¿Que estará sintiendo la familia de Pintado? Yo, que tengo una perrita, Carla, sé cuánto es posible encariñarse con estas criaturas. A pesar de mi sincera preocupación por el animal, los pensamientos relacionados con el parcial del siguiente día, minimizaron estos pensamientos.

Era viernes  y sólo habían transcurrido dos días desde la primera vez que vi a Pintado. Salí de mi portería con mi perrita y me llevé una gran sorpresa. Él estaba afuera, ahora en mi portería acostado y esperando algo. Pintado se fue detrás de mi perra, la olió por todas partes y luego se acordó de mi, y me saludó con sus ojos. Lo primero que pensé fue “¿dónde habría pasado las dos noches anteriores? ¿Qué habría comido?” Mientras me hacía preguntas cuyas respuestas no tenía, él y Carla ya eran amigos. Corrían de un lado a otro y de vez en cuando se gruñían. Durante toda mi caminata, él nos seguía a paso prudente buscando aceptación. Mi hubiera gustado decir que lo subí a la casa y contacte a su familia, pero no. Nos despedimos en la portería y cuando entré con Carla al conjunto residencial, alcancé a escuchar al portero espantando a Pintado, ya en esta sociedad para muchas personas, los perros de raza son lindos y adorables, pero aquellos sin dueños y criollos, muchas veces son despreciables. No estoy generalizando ni haciendo un estereotipo de la sociedad colombiana, sin embargo la gran mayoría aun están dispuestos a pagar altas cantidades de dinero por perros “finos”, mientras que muy pocos estamos dispuestos a adoptar.

Esa misma noche hablé con mis papás, les comenté acerca de Pintado. Ellos lo vieron en la portería antes de entrar. Y también hablaron con una señora que le estaba dando agua. Esta señora le comentó a mis padres que su hija se enamoró de Lucas (Pintado ya tenía otro nombre), y le insistió tanto a la mamá, que ambas decidieron adoptarlo y llevárselo a su finca.

Seguramente la familia de pintado aún no ha sabido nada acerca de él. Si alguien conoce a esta familia, por favor díganle que Pintado está bien.