Carta a mi abuela

Jueves 16 de enero del 2014

Abuelita,

Alguna vez escuché que si quería obtener resultados distintos debía intentar métodos distintos. Y eso es precisamente lo que estoy haciendo a través de esta carta.

Aunque siempre he estado agradecido por tu vida, nunca la había apreciado tanto como hoy. Además tampoco estaba seguro de cómo expresarte ese amor y agradecimiento por todo lo que has hecho por la familia y por mí.

Quiero empezar dándote gracias por tu amor incondicional, pues desde que tengo memoria siempre has estado pendiente de cada uno de tus nietos sin favoritismos.
Recuerdo aquellas épocas en las que regresabas de Estados Unidos con maletas repletas de regalos para toda la familia. No era tu obligación, lo hacías porque te nacía. Incluso, había veces en las que, después de entregarme una camisa o un pantalón, me decías “ojalá tuviera más pa’ darle más”. Aunque te gusta economizar, siempre has sido generosa y nunca has tenido amor al dinero.

¿Y cómo olvidarme de nuestra primer visita a Estados Unidos? Fueron casi dos meses en donde tú fuiste lo más cercano a una mamá para Dani y para mí. Entre semana, cuando mi tía trabajaba, Gina estudiaba y César descansaba del trabajo, tú nos llevabas a caminar al rededor del barrio. Aunque en ese entonces no me agradaba salir a caminar, hoy esos recuerdos los guardo con mucho aprecio en mi corazón. Excepto aquel día en el que tropecé con un pedazo de vidrio. Y que tú, con el fin de detener la sangre, casi acabas el café en mi herida, mientras yo gritaba entre lágrimas “¿por qué a mí? ¿por qué a mí?”. Hoy, puedo contar esa historia entre risas. Que bonitas experiencias.
También me acuerdo de tu inagotable paciencia, particularmente en dos ocasiones. Una, cuando me daban ataques de hiperactividad y tú me preguntabas “dónde está el botón para que se apague?” En medio de risas y chanzas, yo me trepaba encima tuyo, cuando ya estabas en pijama, y te decía “¡mueve el esqueleto abuelita!” Otra oportunidad donde evidencie tu paciencia fue cuando descubriste que mi hermana y yo habíamos traficado piojos colombianos. Tú, con la calma que te caracteriza, conseguiste vinagre y te deshiciste de todos, uno por uno.
No sé cuántas veces te han dicho esto, pero tú eres una persona demasiado educada. ¡Y eso me encanta! En cualquier oportunidad y sin importar con quién estés tratando, siempre he notado tu buen tono, suaves palabras y delicada forma en la que interactúas con los demás.
También quiero destacar la sazón con la que cocinas. Parece algo irrelevante, pero siempre me ha gustado todo lo que preparas. A medida que escribo y fuerzo mi mente a desempolvar aquellas memorias del pasado, me encuentro con imágenes muy curiosas y vívidas de ti cocinando. Una es en la cocina de Santa María, donde  tenías una gallina viva y le torciste el cuello en mi presencia. Después de eso, las patas seguían danzando en el aire mientras la sostenías y sonreías. Otro recuerdo es en Chinauta; yo estaba jugando a las escondidas con mis primos, y cuando corrí a través de la cocina me encontré contigo. Estabas sentada sobre un balde boca abajo con las mangas remangadas, preparabas morcilla. Recuerdo que inflabas eso, que va alrededor, para después rellenarlo con arroz, sangre y otros ingredientes que prefiero no recordar.
En Estados Unidos, mientras dábamos vueltas en el Mall, tú y yo nos sentamos en una banca. Yo me quedé mirándote a los ojos y te dije algo que te quiero reiterar: tus ojos parecen de cristal. Nunca he visto unos ojos como los tuyos. Debo admitir que a veces pueden llegar a ser intimidantes, porque se siente el peso de tu sabiduría y experiencia. Cuando no son intimidantes son tiernos, reflejan la humildad que crece en ti.
Por último, te quiero agradecer inmensamente por nuestra conversación del domingo pasado. No sé sí te has dado cuenta, pero a mí me fascina escuchar historias, sobretodo, las de aquellos más cercanos a mí. El hecho de que tú me hayas contado tu historia significa mucho. Además, no es algo ajeno a mi vida, tiene que ver con mis raíces. Muchas gracias por haber abierto tu corazón y haber compartido esas experiencias conmigo.
Independientemente de cuánto me hayan gustado tus historias, hubo algo que me gusto aún más, ¿sabes qué fue? Que me hiciste caer en cuenta de mi error. Si no me lo hubieras dicho, a lo mejor, yo hubiera seguido siendo ingrato por muchos años. Tú, con mucho amor, me abriste los ojos y me mostraste que, inconscientemente, te había herido. Pero no te quedaste ahí. Además de mostrarme en qué fallé, me perdonaste y me abrazaste en el centro comercial. Ese es uno de los momentos favoritos de mi vida. Gracias.
Has bendecido e influenciado mi vida más de lo que te imaginas, eres un modelo a seguir para mí.  Ten por seguro que mis hijos, a lo mejor me estoy adelantando en el futuro, pero nada me impide hacerlo, escucharán de ti y sabrán la maravillosa persona que eres.
Cuando estuve en la casa de Amanda, Rodeny, su padrastro, me dijo en repetidas ocasiones que soy muy bendecido por la familia que tengo. Si hoy me dijera lo mismo, seguramente le respondería “Y eso que no has conocido a mi abuela”.

Con muchísimo amor,
Lucas.

Abue Luz

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s