Todavía me pregunto dónde está mi padre

Alejandra Rodríguez es la hija de Carlos Augusto Rodríguez, desaparecido de la toma y retoma del Palacio de Justicia. Es vocera de las familias de los desaparecidos y recientemente obtuvo su título de abogada para defender a quienes hayan vivido situaciones similares.

 

“Aceptar que sometieron a tortura a un persona que uno quiere es algo muy, muy difícil”, dice Alejandra Rodríguez, pausadamente como pensando en voz alta. Se refiere lo que sucedió hace treinta años con su padre, Carlos Augusto Rodríguez Vera, el entonces administrador de la cafetería del Palacio de Justicia.

El 7 de noviembre, un día después de que el grupo guerrillero M-19 se tomó el Palacio, Carlos Augusto salió con vida del edificio, rodeado por militares y fue llevado a la Casa del Florero. Según el testimonio que escribió el ex-policía Ricardo Gámez a la Procuraduría en 1989, el entonces coronel Alfonso Plazas Vega, basado en la hipótesis de que se había escondido armas en la cafetería, dio la orden de que lo trasladaran a una guarnición militar para que lo “trabajaran por cómplice”.

Cuando Alejandra era niña y preguntaba por su padre, le decían que había muerto, intentado mantenerla alejada del drama de la desaparición. Cuando tenía 12 años y fue a visitar a su abuelo, Enrique Rodríguez, él consideró que era hora de que su nieta conociera la verdad, así que la alzó y la sentó junto a él en su cama. Le contó todo lo sucedido basado en el testimonio que Gámez:

“El señor Rodríguez Vera fue sometido a torturas durante 4 días, sin suministrársele ningún alimento ni bebida. Fue colgado varias voces de los pulgares y golpeado violentamente en los testículos mientras colgaba; le introdujeron agujas en las uñas y luego le arrancaron las uñas. Él siempre manifestó que no sabía nada de nada ni entendía lo que estaba ocurriendo.”

Aunque hay muchos detalles que Alejandra no recuerda, probablemente porque olvidar es una forma de bloquear el dolor, las palabras de su abuelo ese día la marcaron para siempre.

Alejandra no tuvo necesidad de un psicólogo, pues su abuelo fue el apoyo más grande que tuvo, él siempre estuvo ahí para hablar con ella. Con su mamá, por el contrario, fue más difícil hablar del tema porque ella, en algún punto, quiso cerrar la puerta del Palacio de Justicia y no hablar más del tema.

En el colegio San Fason, Alejandra tuvo varios choques con el manejo de la verdad respecto a lo que había sucedido con su padre: “Cuando estábamos estudiando la historia de Colombia, me acuerdo mucho que en el libro de la materia, todas las historias eran de dos o tres páginas, y lo del Palacio de Justicia eran tres reglones ‘El 6 y 7 de noviembre, la guerrilla del M-19 se tomó el Palacio de Justicia’ y continuaba con Armero, otra vez tres páginas.” Además, cuando quiso hacer una exposición sobre la toma del Palacio, se lo negaron.

A pesar de las contradicciones que experimentó en el colegio, desde muy pequeña, Alejandra empezó a interesarse por el tema de los desaparecidos y los derechos humanos. Cuando tenía 15 años, fue la primera vez que participó directamente en la formulación de una denuncia, pues fue la mano derecha de su abuelo, quien la interpuso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el año 2000.

A los 17 años, en su último año de bachillerato, cuando se enteró de que había iniciado el juicio contra el coronel (r) Luis Alfonso Plazas Vega, fue emocionada a contarle a sus amigas. Ellas no entendieron la relevancia del tema. Alejandra recuerda que ese día la ignoraron y siguieron hablando sobre sus novios y fiestas del fin de semana.

Inicialmente optó por estudiar ingeniería electrónica, primero en la Universidad Javeriana y luego en los Andes. Desistió de ambas. Viajó a Estados Unidos, donde trabajó en un parque de diversiones con el programa Work & Travel. A su regreso, ingresó a la Universidad Jorge Tadeo Lozano a estudiar ingeniería industrial y tampoco le gustó. Ya un poco cansada de intentar tantas carreras y universidades, decidió que no volvería a estudiar y que se dedicaría a trabajar en una inmobiliaria, y así fue, por lo menos por un par de meses. Mientras trabajaba como asesora comercial, la llamaron para que asistiera a las reuniones de los familiares de los desaparecidos. En este punto no tenía claro qué hacer con su vida y tenía tiempo libre, así que aceptó la oferta.

Alejandra empezó a tomar cursos cortos sobre derechos humanos y vio en el Derecho la posibilidad de resolver situaciones complejas desde la legalidad. En el 2007 se presentó a la Universidad Nacional a estudiar Derecho. Hoy, con una sonrisa contagiosa, dice “Soy una orgullosa abogada de la Universidad Nacional.” Fue un proceso duro, el andar sin rumbo por varios años responde a la ausencia de su padre y a la falta de poder hablar sobre el tema. Aunque su relación con las leyes era inevitable, transcurrieron cinco años desde que se graduó del colegio hasta que se reencontró con el Derecho.

Con una visión más amplia en leyes, Alejandra afirma sentirse decepcionada por la línea difusa creada entre la política y el Derecho, y más cuando los responsables de los desaparecidos fueron personas consideradas héroes en el país. Sin embargo, personajes como la ex-fiscal Ángela María Buitrago y las juezas Luz Stela Jara y Cristina Trejo, quienes juzgaron y condenaron a militares por los desaparecidos del Palacio de Justica, le han devuelto la fe en la jurisprudencia y le han recordado que sí es posible fallar en Derecho.

Como cualquier profesional, Alejandra aún tiene inquietudes sobre qué es lo que va a hacer con el Derecho. Pero sabe con certeza que, independientemente de lo que decida, seguirá trabajando en el caso del Palacio de Justicia, e incluso le interesa apoyar organizaciones y personas que haya vivido casos similares. Esta convicción se basa en dos deberes: su deber como hija de un desaparecido pues dice que cuando deja de interceder por ellos, es como si estuviera siendo indiferente a su caso; y también en su papel como abogada, ya que siente el deber de acercar a las personas al Derecho y hacerles entender que es algo a lo que todos pueden tener acceso.

Alejandra todavía se pregunta dónde está su papá. Confiesa que “aceptar que sometieron a tortura a un persona que uno quiere es algo muy, muy difícil.” Continuamente hay una lucha interna en ella: su corazón le dice Carlos Augusto aún puede estar vivo, pero la razón, un poco más insensible, le recuerda que ya han pasado 30 años, y que el único lugar donde podrá encontrarlo será en su memoria.

Alejandra rodríguez sosteniendo la única foto que le tomaron con su padre

Alejandra Rodríguez sosteniendo la única foto que le tomaron con su padre

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Reminiscencia

reminiscencia

“…mientras estaban siendo reprimidos, los recuerdos permanecían activos; ahora que han sido recuperados, no pueden ser olvidados pero sí dejados de lado”. -Tzvetan Todorov.

Insensibilidad Social

Lunes 27 de enero de 2014. Hace un poco más de dos semanas me dirigí al Sistema integral de movilidad (SIM) para renovar mi licencia de conducción. El SIM tiene varias locaciones. Yo, por motivos de proximidad, fui al que está ubicado en el terminal de transportes (a 7 minutos caminando desde mi casa). El terminal de transporte de Bogotá es un sitio muy particular. Allí la diversidad sobreabunda. Gente de diferentes regiones y ciudades del país que viene a Bogotá por vía terrestre, pasa por ahí. Generalmente, las personas que vienen en bus a Bogotá, lo hacen por diferentes razones; puede que no tengan suficientes recursos para pagar un vuelo nacional, de pronto, el sitio de partida no posee un aeropuerto, los viajeros pueden experimentar dolor en los oídos causado por la presión, o simplemente, prefieren disfrutar el paisaje a pesar del estado de algunas vías colombianas. El caso es que, si alguna vez el lector desea expandir su círculo social más allá de los rolos, el terminal de transportes es el lugar indicado.

Como venía diciendo, hace dos semanas estuve en el SIM. El SIM no tiene más de 50 metros cuadrados y cada día recibe más personas de las que el lugar está diseñado para atender. Fui al punto de información y le solicité a la señora que me atendió que necesitaba renovar mi pase, ya que lo saque cuando tenía 16, hace 4 años.

No quiero aburrir al lector entrando en detalles, así que seré conciso. Después de inscribirme al sistema de nuevo, me dijeron que volviera en 10 días hábiles (así es, el sistema que poseemos se toma su tiempo). Dos semanas después, dejando pasar unos días para no perder mi visita volví. Aún no aparecía en el sistema. “Vuelva en 3 días que, seguro para entonces, su nombre aparecerá en el sistema”.

Lunes en la mañana me presento por tercera vez para renovar mi pase. Por fin! Mi nombre apreció en el sistema. “Tome su turno y espere a que lo llamen”, me indicó la anfitriona (al menos,eso es lo que decía el pin que llevaba colgado en su chaleco amarillo orgullosamente).

Llaman mi nombre. Módulo 12. Después de tomar mis datos por enésima vez, me piden que cancele el modesto monto de 200 mil pesitos (por pase de moto y de carro). Una vez cancelados los 200 mil, me dirigió de nuevo al módulo 12 para que me tomen la foto. Después de posar para la cámara me advierten que la licencia estará lista en 40 minuticos.

Me hubiera gustado traer un libro para hacer mi tiempo más ameno. La verdad no pensé que ese sencillo trámite durara tanto. Mientras esperaba y miraba la hora en el celular, empece a escuchar sonidos peculiares. Pihhh! Pahh! Mmmm! Miro hacia la puerta y un señor de 67 años, aproximadamente, entra con un joven de 1.80 de estatura, no más de 20 años, agarrado del brazo del señor, quien supongo debe ser el padre.

No me tomó más de dos minutos para darme cuenta que era un joven autista. No dejaba de mover sus manos, en especial, sus dedos. Como sí tuviera una moneda entre ellos, pero en realidad, no tenía nada. Mientras seguía haciendo ruidos, se golpeaba el pecho, movía sus manos rápidamente. Con una de ellas se rascaba sus partes íntimas, luego las subía a la altura de la nariz para apreciar ese olor.

No es de extrañar que todas las personas que se encontraban en el SIM, lo miraban como un bicho raro; algunas, por precaución, se alejaban. Incluso un señor que estaba sentado detrás mío le pregunta a su acompañante “has visto la película del niño autista?”, (esto sucede mientras el padre y el joven pasan a su lado). “La del niño que ve muertos?”, preguntó su acompañante. “No, esa no. Es un niño cuyo cerebro no se desarrolló, es diferente”.

Lo único que yo podía pensar era en el padre, que evidentemente, escuchaba la conversación. No por opción, sino porque la pareja hablaba tan duro como sí vendieran chicles en el centro.

El joven seguía haciendo ruidos. Su padre lo mira y le dice, de forma seca, “cállese ya!” La vergüenza del padre era notoria.

“Señor Lucas, su licencia esta lista.” Recibí mi licencia y abandoné el lugar. El joven y, sobretodo, la actitud de las personas alrededor, seguían rondando en mi mente.

Necesitamos urgentemente educación acerca de estos casos, sensibilización.  La gente debe entender que estas personas son seres humanos. Diferentes, pero eso no los hace menos. Es necesario educarnos para que, en lugar de hablar de ellos, hablemos con ellos. Los apoyemos y los incluyamos como a cualquier otra persona.

En cuanto a los padres de personas con autismo y discapacidades cognitivas, también necesitan educación especial. Yo, por ejemplo,  no sabría como educar a un niño en estas condiciones. Estoy seguro que habrán personas que se identifiquen con este texto y estén necesitando ayuda. Habrá otras que también se identifican y, con amor, pueden ayudar.

Ayudémonos mutuamente y crezcamos como sociedad, no solamente como individuos.

¿En Qué Fallé?

Es domingo, y yo me preparo para sacar a Karla, mi perra, como de costumbre.

Karla

Karla, nos vamos….

Es como si hubiera pronunciado la palabras mágicas, ella sale corriendo debajo de mi cama, lista para derrochar su energía acumulada.

Busco su collar azul e intento ponérselo, sin embargo, ella está tan emocionada saltando y moviendo la cola que me dificulta mi objetivo.

Una vez tiene la correa puesta, le pregunto: “y la pelota?” (Para ella, la pelota puede significar cualquier objeto que ella persigue, muerde y babea sin que yo la regañe; puede ser una pelota, un palo, un peluche e incluso, una botella de plástico).

Karla debe tener un muy buen olfato, o una memoria prodigiosa porque siempre encuentra su pelota en cuestión de segundos. Es una pelota de tenis, descolorida, babosa y seguramente llena de bacterias.

Cuando llegamos el parque, agarro la pelota y realizo y unos cuantos amagues para llamar su atención. Después lanzo la pelota con toda mi fuerza, que no es mucha, para que Karla la traiga.

Karla sale a correr con una rapidez impresionante. La atrapa en el aire sin mucho esfuerzo. Sin intenciones de volver, ella sigue corriendo como aquel preso que ha escapado de prisión. No hay tiempo de mirar atrás.

Es en esos momentos en los que yo me pregunto, ” ¿en qué fallé como padre?, en que fallé…”

Pintado en mi mente

La puerta roja de vidrio, evaporada por lo que se conoce como calor humano, por fin se abre. Yo salgo expulsado de aquel vagón, que recibe más personas de lo que debería. Todas las tardes, de lunes a viernes uso el Transmilenio (TM), el “sistema más avanzado de transporte público en la ciudad”. Un TM articulado tiene capacidad de 160 personas sentadas y de pie. Nosotros, los bogotanos, hemos llevado la capacidad al límite introduciendo hasta  200 pasajeros en ellos. Muchas veces no es necesario alcanzar el pasamanos ya que la gente alrededor de uno lo sostiene  (no hay espacio ni siquiera para caerse). En el TM todos nos convertimos en sardinas enlatadas.

La  lluvia en Bogotá había cesado. Guardé mi sombrilla y emprendí mi caminata rutinaria por las calles de Salitre rumbo a casa. Intenté esquivar los charcos, pues mis tenis parecían esponjas que querían absorber y almacenar toda el agua de la ciudad. Mientras caminaba, había dos cosas que rondaban mi mente: la primera, mi novia, aunque la última vez que había estado con ella fue la semana pasada, no podía esperar para verla de nuevo, (ella siempre está en mi mente). La segunda, era el tenebroso parcial de fundamentos de matemáticas. Los parciales de esta materia tienen algo en particular, y es que no importa cuánto se estudie para ellos, los nervios siempre estarán allí. “Tengo que llegar a hacer ejercicios de funciones, repasar las relaciones de conjuntos y sus definiciones”, pensaba en voz alta. Cuando de repente, noté que unos ojos me estaban observando. Eran ojos marrones y expresivos, su portador era nada más y nada menos que un perro acostado enfrente de una portería residencial. Miré alrededor buscando a su dueño, no había nadie en la portería. Se me dificultó identificar su raza, aunque lo puede asemejar a un lobo, un lobo completamente oscuro. Lo único blanco eran sus dientes. Lo bauticé “Pintado”, ya que literalmente parecía que apenas hubiera nacido, lo hubieran remojado en un balde de pintura negra y permanente.

Pintado no tenía dueño ni collar, sin embargo no era de la calle. Su pelaje se veía bien cuidado, aunque mojado por la reciente lluvia. Se veía alimentado y nutrido. No podía ser un perro callejero. Me le acerqué y le pregunté por su familia, Pintado sólo me observaba. Su familia estaba perdida, o más bien, él se había extraviado. Estaba sólo, desorientado y seguramente desesperanzado. No supe cómo ayudarlo, así que después de una intensa conversación con nuestros ojos, continúe mi rumbo a casa.

¿Que estará sintiendo la familia de Pintado? Yo, que tengo una perrita, Carla, sé cuánto es posible encariñarse con estas criaturas. A pesar de mi sincera preocupación por el animal, los pensamientos relacionados con el parcial del siguiente día, minimizaron estos pensamientos.

Era viernes  y sólo habían transcurrido dos días desde la primera vez que vi a Pintado. Salí de mi portería con mi perrita y me llevé una gran sorpresa. Él estaba afuera, ahora en mi portería acostado y esperando algo. Pintado se fue detrás de mi perra, la olió por todas partes y luego se acordó de mi, y me saludó con sus ojos. Lo primero que pensé fue “¿dónde habría pasado las dos noches anteriores? ¿Qué habría comido?” Mientras me hacía preguntas cuyas respuestas no tenía, él y Carla ya eran amigos. Corrían de un lado a otro y de vez en cuando se gruñían. Durante toda mi caminata, él nos seguía a paso prudente buscando aceptación. Mi hubiera gustado decir que lo subí a la casa y contacte a su familia, pero no. Nos despedimos en la portería y cuando entré con Carla al conjunto residencial, alcancé a escuchar al portero espantando a Pintado, ya en esta sociedad para muchas personas, los perros de raza son lindos y adorables, pero aquellos sin dueños y criollos, muchas veces son despreciables. No estoy generalizando ni haciendo un estereotipo de la sociedad colombiana, sin embargo la gran mayoría aun están dispuestos a pagar altas cantidades de dinero por perros “finos”, mientras que muy pocos estamos dispuestos a adoptar.

Esa misma noche hablé con mis papás, les comenté acerca de Pintado. Ellos lo vieron en la portería antes de entrar. Y también hablaron con una señora que le estaba dando agua. Esta señora le comentó a mis padres que su hija se enamoró de Lucas (Pintado ya tenía otro nombre), y le insistió tanto a la mamá, que ambas decidieron adoptarlo y llevárselo a su finca.

Seguramente la familia de pintado aún no ha sabido nada acerca de él. Si alguien conoce a esta familia, por favor díganle que Pintado está bien.

Carta a mi abuela

Jueves 16 de enero del 2014

Abuelita,

Alguna vez escuché que si quería obtener resultados distintos debía intentar métodos distintos. Y eso es precisamente lo que estoy haciendo a través de esta carta.

Aunque siempre he estado agradecido por tu vida, nunca la había apreciado tanto como hoy. Además tampoco estaba seguro de cómo expresarte ese amor y agradecimiento por todo lo que has hecho por la familia y por mí.

Quiero empezar dándote gracias por tu amor incondicional, pues desde que tengo memoria siempre has estado pendiente de cada uno de tus nietos sin favoritismos.
Recuerdo aquellas épocas en las que regresabas de Estados Unidos con maletas repletas de regalos para toda la familia. No era tu obligación, lo hacías porque te nacía. Incluso, había veces en las que, después de entregarme una camisa o un pantalón, me decías “ojalá tuviera más pa’ darle más”. Aunque te gusta economizar, siempre has sido generosa y nunca has tenido amor al dinero.

¿Y cómo olvidarme de nuestra primer visita a Estados Unidos? Fueron casi dos meses en donde tú fuiste lo más cercano a una mamá para Dani y para mí. Entre semana, cuando mi tía trabajaba, Gina estudiaba y César descansaba del trabajo, tú nos llevabas a caminar al rededor del barrio. Aunque en ese entonces no me agradaba salir a caminar, hoy esos recuerdos los guardo con mucho aprecio en mi corazón. Excepto aquel día en el que tropecé con un pedazo de vidrio. Y que tú, con el fin de detener la sangre, casi acabas el café en mi herida, mientras yo gritaba entre lágrimas “¿por qué a mí? ¿por qué a mí?”. Hoy, puedo contar esa historia entre risas. Que bonitas experiencias.
También me acuerdo de tu inagotable paciencia, particularmente en dos ocasiones. Una, cuando me daban ataques de hiperactividad y tú me preguntabas “dónde está el botón para que se apague?” En medio de risas y chanzas, yo me trepaba encima tuyo, cuando ya estabas en pijama, y te decía “¡mueve el esqueleto abuelita!” Otra oportunidad donde evidencie tu paciencia fue cuando descubriste que mi hermana y yo habíamos traficado piojos colombianos. Tú, con la calma que te caracteriza, conseguiste vinagre y te deshiciste de todos, uno por uno.
No sé cuántas veces te han dicho esto, pero tú eres una persona demasiado educada. ¡Y eso me encanta! En cualquier oportunidad y sin importar con quién estés tratando, siempre he notado tu buen tono, suaves palabras y delicada forma en la que interactúas con los demás.
También quiero destacar la sazón con la que cocinas. Parece algo irrelevante, pero siempre me ha gustado todo lo que preparas. A medida que escribo y fuerzo mi mente a desempolvar aquellas memorias del pasado, me encuentro con imágenes muy curiosas y vívidas de ti cocinando. Una es en la cocina de Santa María, donde  tenías una gallina viva y le torciste el cuello en mi presencia. Después de eso, las patas seguían danzando en el aire mientras la sostenías y sonreías. Otro recuerdo es en Chinauta; yo estaba jugando a las escondidas con mis primos, y cuando corrí a través de la cocina me encontré contigo. Estabas sentada sobre un balde boca abajo con las mangas remangadas, preparabas morcilla. Recuerdo que inflabas eso, que va alrededor, para después rellenarlo con arroz, sangre y otros ingredientes que prefiero no recordar.
En Estados Unidos, mientras dábamos vueltas en el Mall, tú y yo nos sentamos en una banca. Yo me quedé mirándote a los ojos y te dije algo que te quiero reiterar: tus ojos parecen de cristal. Nunca he visto unos ojos como los tuyos. Debo admitir que a veces pueden llegar a ser intimidantes, porque se siente el peso de tu sabiduría y experiencia. Cuando no son intimidantes son tiernos, reflejan la humildad que crece en ti.
Por último, te quiero agradecer inmensamente por nuestra conversación del domingo pasado. No sé sí te has dado cuenta, pero a mí me fascina escuchar historias, sobretodo, las de aquellos más cercanos a mí. El hecho de que tú me hayas contado tu historia significa mucho. Además, no es algo ajeno a mi vida, tiene que ver con mis raíces. Muchas gracias por haber abierto tu corazón y haber compartido esas experiencias conmigo.
Independientemente de cuánto me hayan gustado tus historias, hubo algo que me gusto aún más, ¿sabes qué fue? Que me hiciste caer en cuenta de mi error. Si no me lo hubieras dicho, a lo mejor, yo hubiera seguido siendo ingrato por muchos años. Tú, con mucho amor, me abriste los ojos y me mostraste que, inconscientemente, te había herido. Pero no te quedaste ahí. Además de mostrarme en qué fallé, me perdonaste y me abrazaste en el centro comercial. Ese es uno de los momentos favoritos de mi vida. Gracias.
Has bendecido e influenciado mi vida más de lo que te imaginas, eres un modelo a seguir para mí.  Ten por seguro que mis hijos, a lo mejor me estoy adelantando en el futuro, pero nada me impide hacerlo, escucharán de ti y sabrán la maravillosa persona que eres.
Cuando estuve en la casa de Amanda, Rodeny, su padrastro, me dijo en repetidas ocasiones que soy muy bendecido por la familia que tengo. Si hoy me dijera lo mismo, seguramente le respondería “Y eso que no has conocido a mi abuela”.

Con muchísimo amor,
Lucas.

Abue Luz

Extranjero en mi propia ciudad

Por alguna extraña razón, por la no necesidad o, simplemente, por paradigmas mentales, San Victorino es un lugar al que he ido contadas veces; una de ellas a causa de este escrito, y otras cuando pequeño, según versiones de mis padres.

El viernes de la semana pasada me dirigí con una amiga al mencionado barrio. Debo confesar que al pasar la carrera 10, me sentí como un extranjero en mi propia ciudad. A pesar de que había escuchado hablar del barrio y, según mis padres, lo había visitado cuando pequeño, yo no me acordaba haberlo visto. Es como si ese lugar nunca hubiera existido en mi geografía mental, en mi concepción de Bogotá.

Al llegar a San Victorino, lo primero que percibí fue la contaminación auditiva; habían payasos con maquillajes baratos que invitaban a los transeúntes a entrar a las tiendas con un parlante de pésima calidad –personalmente, yo no entraría a ningún lugar donde un payaso de aspecto espantoso me invitara–. A continuación, escuché diferentes personas llamándose entre sí a través de silbidos y chifladas. Parecían aves en emigración.
Observé innumerables bodegas y diferentes promociones de venta al por mayor. Cuando entré a una de ellas, llegue a sentirme como el jefe del negocio, pues todo el mundo me decía “patrón, ¿qué está buscando?”

No estoy seguro si el día que yo fui había un evento extraordinario, o si siempre hay tanta presencia de la Policía en el barrio. De igual forma, no me incómodo, antes me alivió un poco.

Mientras seguía caminando, observé tres personas con el uniforme de aquellos que recogen basura por toda la ciudad; estaban almorzando lechona en un plato de plástico al lado de la basura que habían recogido hasta el momento.

Al salir del barrio para devolverme a la Universidad, me detuve en la plaza principal por unos minutos. La reunión de numerosas palomas en la plaza llamó mi atención, sobretodo, la niña, que no tenía más de 5 años, y estaba parada en el centro de todos ellas. Su padre, desde afuera sonreía mientras le tomaba fotos.